Pakistán… esclavitud en el siglo XXI

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Cuando visitas ciertos países como Pakistán y procediendo del mundo occidental, como ha sido mi caso, te das cuenta de que no siempre es necesaria una máquina del tiempo para viajar al pasado, pero lo que no aceptas en pleno siglo XXI es que una visita a un típico horno de ladrillos, ya sea en la provincia pakistaní de Sindh o del Punyab, sirva para evocar una época en que los seres humanos se intercambiaban como animales y proliferaba la esclavitud.

El origen del drama son los sobrecargados préstamos a los que llaman «avances» («peshgi», en urdu). Varias generaciones de trabajadores, unos 4,5 millones de personas desperdigadas en 18.000 hornos en todo el país, se desloman por una esperanza: la libertad. 

Familias enteras, sin contrato, sin tarjetas de identificación y por supuesto, sin seguridad social, trabajan 18 horas al día en hornos a las afueras de ciudades pakistanís, percibiendo salarios de 400 rupias (unos 2 euros) por cada 1.000 ladrillos, muy por debajo del salario mínimo pakistaní, independiente del tiempo que les conlleve la tarea. Normalmente, esta es la producción diaria de una familia de 5 integrantes, incluidos menores y siempre dependiendo de su habilidad y de su estado de salud, a veces muy precario.

El trabajo consiste en ir a buscar el barro a dos o tres kilómetros, remojarlo en agua, darle forma de ladrillo, transportar el producto terminado al horno y, por último, cocinar y corregir cada uno. En caso de malas condiciones climáticas o enfermedad, los trabajadores no ganan nada y se endeudan más, y así suplican por más préstamos a sus empleadores, encantados de ampliar la línea de crédito que es como una correa al cuello para muchos de ellos. 

Los propietarios de los hornos amplían los préstamos para ocasiones como bodas, nacimientos o funerales, en un intento por someter a los trabajadores a una situación de servidumbre. Una vez endeudado, el trabajador no puede irse hasta que liquide la cuenta pendiente. Sin capacidades ni alternativas, los trabajadores de los hornos y sus familias están destinados a vivir trabajando en jornadas interminables y sin poder romper las cadenas de su esclavitud. 

Las familias que trabajan en los hornos tienen una etiqueta; con un precio equivalente al importe de su  deuda. Al pagar esa cifra, otros propietarios de hornos pueden, de hecho, «comprarlos”. Vamos, como la prima de traspaso de los jugadores de futbol. Pero hay más… Si un trabajador escapa de un horno es buscado por la policía y dirigentes locales, y todo el dinero invertido en ello se suma a su deuda.  

Esta manera de proceder y de acuerdo con la legislación actual de Pakistán, es totalmente ilegal. De hecho, el propietario de un horno solo debería de poder ofrecer un avance igual o inferior al ingreso quincenal, pero la ceguera a esta situación debido a la corrupción del país y la de sus dirigentes locales hacen difícil la solución.  Solamente con que el gobierno garantizase una seguridad social y el pago del salario mínimo a los trabajadores de los hornos, la mayoría de los empleados podría saldar sus deudas y les permitiría vivir y buscar un sustento lejos de los hornos en los que nacieron y donde seguro que muchos morirán.

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